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El culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre

José J. Martí
Cubanos :
Para Cuba que sufre, la primera palabra. De altar se ha de tomar a Cuba, para ofrendarle nuestra vida, y no de pedestal, para levantarnos sobre ella. Y ahora, después de evocado su amadísimo nombre, derramaré la ternura de mi alma sobre estas manos generosas que ¡no a deshora por cierto! acuden a dármele fuerzas para la agonía de la edificación; ahora, puestos los ojos más arriba de nuestras cabezas y el corazón entero sacado de mí mismo, no daré gracias egoístas a los que creen ver en mí las virtudes que de mí y de cada cubano desean; ni al cordial Carbonell, ni al bravo Rivero, daré gracias por la hospitalidad magnífica de sus palabras, y el fuego de su cariño generoso; sino que todas las gracias de mi alma les daré, y en ellos a cuantos tienen aquí las manos puestas a la faena de fundar, por este pueblo de amor que han levantado cara a cara del dueño codicioso que nos acecha y nos divide; por este pueblo de virtud, en donde se prueba la fuerza libre de nuestra patria trabajadora; por este pueblo culto, con la mesa de pensar al lado de la de ganar el pan, y truenos de Mirabeau junto a artes de Roland, que es respuesta de sobra a los desdeñosos de este mundo; por este templo orlado de héroes, y alzado sobre corazones. Yo abrazo a todos los que saben amar. Yo traigo la estrella, y traigo la paloma, en mi corazón..
No nos reúne aquí, de puro esfuerzo y como a regañadientes, el respeto periódico a una idea de que no se puede abjurar sin deshonor; ni la respuesta siempre pronta, y a veces demasiado pronta, de los corazones patrios a un solicitante de fama, o a un alocado de poder, o a un héroe que no corona el ansia inoportuna de morir con el heroísmo superior de reprimirla, o a un menesteroso que bajo la capa de la patria anda sacando la mano limosnera. Ni el que viene se afeará jamás con la lisonja, ni es este noble pueblo que lo reciba pueblo de gente servil y llevadiza. Se me hincha el pecho de orgullo, y amo aún más a mi patria desde ahora, y creo aún más desde ahora en su porvenir ordenado y sereno, en el porvenir, redimido del peligro grave de seguir a ciegas, en nombre de la libertad, a los que se valen del anhelo de ella para desviarla en beneficio propio; creo aún más en la república de ojos abiertos, ni insensata ni tímida, ni togada ni descuellada, ni sobreculta ni inculta, desde que veo, por los avisos sagrados del corazón, juntos en esta noche de fuerza y pensamiento, juntos para ahora y para después, juntos para mientras impere el patriotismo, a los cubanos que ponen su opinión franca y libre por sobre todas las cosas, y a un cubano que se las respeta.
Porque si en las cosas de mi patria me fuera dado preferir un bien a todos los demás, un bien fundamental que de todos los del país fuera base y principio, y sin el que los demás bienes serían falaces e inseguros, ese sería el bien que yo prefiriera: yo quiero que la ley primera de nuestra república sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre. En la mejilla ha de sentir todo hombre verdadero el golpe que reciba cualquier mejilla de hombre: envilece a los pueblos desde la cuna el hábito de recurrir a camarillas personales, fomentadas por un interés notorio o encubierto, para la defensa de las libertades: sáquese a lucir, y a incendiar las almas, y a vibrar como el rayo, a la verdad, y síganla, libres, los hombres honrados. Levántese por sobre todas las cosas esta tierna consideración, este viril tributo de cada cubano a otro. Ni misterios, ni calumnias, ni tesón en desacreditar, ni largas y astutas preparaciones para el día funesto de la ambición. O la república tiene por base el carácter entero de cada uno de sus hijos, el hábito de trabajar con sus manos y pensar por sí propio, el ejercicio integro de sí y el respeto, como de honor de familia, al ejercicio íntegro de los demás; la pasión, en fin, por el decoro del hombre,o la república no vale una lágrima de nuestras mujeres ni una sola gota de sangre de nuestros bravos. Para verdades trabajamos, y no para sueños. Para libertar a los cubanos trabajamos, y no para acorralarlos. ¡Para ajustar en la paz y en la equidad los intereses y derechos de los habitantes leales de Cuba trabajamos, y no ,para erigir, a la boca del continente, de la república, la mayordomía espantada de Veintemilla(1), o la hacienda sangrienta de Rosas(2). o el Paraguay lúgubre de Francia(3)! ¡Mejor caer bajo los excesos del carácter imperfecto de nuestros compatriotas, que valerse del crédito adquirido con las armas de la guerra o las de la palabra que rebajarles el carácter! Este es mi único título a estos cariños, que han venido a tiempo a robustecer mis manos incansables en el servicio de la verdadera libertad. ¡Muérdanmelas los mismos a quienes anhelase yo levantar más, y ¡no miento! amaré la mordida, porque me viene de la furia de mi propia tierra, y porque por ella veré bravo y rebelde a un corazón cubano! ¡Unámonos, ante todo en esta fe; juntemos las manos, en prenda de esa decisión, donde todos les vean, y donde no se olvida sin castigo; cerrémosle el paso a la república que no venga preparada por medios dignos del decoro del hombre, para el bien y la prosperidad de todos los cubanos!
¡De todos los cubanos!
José Martí, Obras Completas, Vol 04:269-271

1 Ignacio de Veintemilla y Villacís, Presidente Constitucional de la República del Ecuador desde 1876 hasta 1883
2 Juan Manuel de Rosas, Dictador de la Provincia de Buenos Aires desde 1835 hasta 1852
3 José Gaspar Rodríguez de Francia, Dictador de la República del Paraguay. Desde 1814 hasta su muerte en 1840

Valor de la democracia para Rosa Luxemburgo


Valor de la democracia para Rosa Luxemburgo*
Es un hecho que Lenin y sus camaradas exigían furiosamente el llamado a la Asamblea Constituyente hasta su triunfo de octubre. La política del gobierno de Kerenski(194) de escabullirle el bulto a la cuestión constituía uno de los blancos preferidos de crítica de los bolcheviques y la base de algunos de sus más violentos ataques. Por cierto, Trotsky, en su interesante folleto De Octubre a Brest-Litovsk, dice que “la Revolución de Octubre representó la salvación de la Asamblea Constituyente”, tanto como la salvación de la revolución de conjunto. “Y cuando dijimos —continúa— que no se podía llegar a la Asamblea Constituyente a través del Parlamento Preliminar de Tseretelli sino solamente a través de la toma del poder por los Soviets, teníamos completa razón.” Y luego, pese a estas declaraciones, el primer paso de Lenin después de la Revolución de Octubre fue… la disolución de esta misma Asamblea Constituyente a la cual se suponía se le abría el camino. ¿Qué razones podían determinar un giro tan asombroso? Trotsky discute todo el asunto en el folleto antes mencionado. Expondremos aquí sus argumentos: “Así como en los meses anteriores a la Revolución de Octubre las masas fueron hacia la izquierda y los obreros, soldados y campesinos se volcaron espontáneamente hacia los bolcheviques, dentro del Partido Social Revolucionario este proceso se expresó en el fortalecimiento del ala izquierda a costa de la derecha. Pero en la lista de candidatos de los socialrevolucionarios los viejos nombres del ala derecha todavía ocupaban las tres cuartas partes de los puestos […]” Además se dio la circunstancia de que las elecciones se realizaron en el curso de las primeras semanas posteriores a la Revolución de Octubre. Las noticias del cambio que había ocurrido se expandían muy lentamente, en círculos concéntricos que iban desde la capital a las provincias y desde las ciudades a las aldeas. Las masas campesinas, en muchos lugares, apenas tenían noción de lo que sucedía en Petrogrado y Moscú. Votaban por ‘Tierra y libertad’ y elegían como representantes a los comités locales a los que permanecían bajo la bandera de los narodniki.
Votaban, en consecuencia, por Kerenski y Avxentiev, que habían disuelto los comités locales y arrestado a sus miembros […] Este estado de cosas da una idea clara de hasta qué punto la Asamblea Constituyente había quedado atrás en el desarrollo de la lucha política y de los agrupamientos partidarios.” Todo esto está muy bien y resulta bastante convincente. Pero uno no puede menos que preguntarse cómo personas tan inteligentes como Lenin y Trotsky no llegaron a la conclusión que surge inmediatamente de los hechos mencionados. Dado que la Asamblea Constituyente fue electa mucho antes del cambio decisivo, la Revolución de Octubre, y que su composición reflejaba el pasado ya desvanecido y no la nueva situación, se deduce automáticamente que tendría que haberse anulado la Asamblea Constituyente ya superada y llamado, sin dilación, a elecciones para una nueva Constituyente. No querían confiar, y no debían hacerlo, el destino de la revolución a una asamblea que reflejaba la Rusia kerenskista de ayer, del periodo de las vacilaciones y las alianzas con la burguesía. Por lo tanto, lo único que quedaba por hacer era convocar una asamblea que surgiera de la Rusia renovada que tanto había avanzado.
En lugar de esto, Trotsky extrae de las características específicas de la Asamblea Constituyente que existía en octubre una conclusión general respecto a la inutilidad, durante la revolución, de cualquier representación surgida de elecciones populares universales.
“Gracias a la lucha abierta y directa por el poder —escribe— las masas trabajadoras acumulan en un tiempo brevísimo una gran experiencia política, y en su desarrollo político trepan rápidamente un peldaño tras otro. Cuanto más extenso es el país y más rudimentario su aparato técnico, menores son las posibilidades del farragoso mecanismo de las instituciones democráticas de seguir el ritmo de este desarrollo.” Aquí nos encontramos con un cuestionamiento al “mecanismo de las instituciones democráticas” como tal. A esto debemos objetar inmediatamente que en esa estimación de las instituciones representativas subyace una concepción algo rígida y esquemática a la que la experiencia histórica de toda época revolucionaria contradice expresamente. Según la teoría de Trotsky, toda asamblea electa refleja de una vez y para siempre sólo la mentalidad, madurez política y ánimo propios del electorado justo en el momento en que éste concurre a las urnas. De acuerdo con eso, un cuerpo democrático es el reflejo de las masas al final del periodo electoral, del mismo modo que los espacios celestes de Herschel siempre nos muestran los cuerpos celestiales no como son en el momento en que los contemplamos, sino como eran en el momento en que enviaron a la tierra sus mensajes luminosos desde las inconmensurables distancias espaciales. Se niega aquí toda relación espiritual viva, toda interacción permanente entre los representantes, una vez que han sido electos, y el electorado.
Sin embargo, ¡hasta qué punto lo contradice toda la experiencia histórica! La experiencia demuestra exactamente lo contrario; es decir, que el fluido vivo del ánimo popular se vuelca continuamente en los organismos representativos, los penetra, los guía. Si no, ¿cómo sería posible el espectáculo, que a veces presenciamos en todo parlamento burgués, de las divertidas volteretas de “los representantes del pueblo”, que se sienten súbitamente inspirados por un nuevo “espíritu” y pronuncian palabras totalmente inesperadas; o encontrarse en determinadas oportunidades con que las momias más resecas se comportan como jovencitos o con los pequeños Scheidemänchenn más diversos que de golpe empiezan a usar un tono revolucionario; todo esto siempre que hay alboroto en las fábricas y talleres y en las calles?
¿Y habrá que renunciar, en medio de la revolución, a esta influencia siempre viva del ánimo y nivel de madurez política de las masas sobre los organismos electos, en favor de un rígido esquema de emblemas y rótulos partidarios? ¡Todo lo contrario! Es precisamente la revolución la que crea, con su hálito ardiente, esa atmósfera política delicada, vibrante, sensible, en la que las olas del sentimiento popular, el pulso de la vida popular, obran en el momento sobre los organismos representativos del modo “más maravilloso. De este hecho dependen, con toda seguridad, los tan conocidos cambios de escena que invariablemente se presentan en las primeras etapas de toda revolución, cuando los viejos reaccionarios o los extremadamente moderados, que surgieron de una elección parlamentaria con sufragio limitado realizada bajo el antiguo régimen, súbitamente se transforman en los heroicos y ardientes voceros del alza. El ejemplo clásico es el del famoso “Parlamento Largo” de Inglaterra: fue electo y se reunió en 1642, permaneciendo en su puesto durante siete años completos. En ese periodo reflejó en su vida interna todas las alteraciones y desplazamientos del sentimiento popular, de la madurez política, de las diferenciaciones de clase, del progreso de la revolución hasta su culminación, desde la devota adoración a la corona del principio, cuando el orador permanecía de rodillas, hasta la abolición de la Cámara de los Lores, la ejecución de Carlos y la proclamación de la república.
¿Y acaso no se repitió la misma transformación maravillosa en los Estados Generales franceses, en el parlamento sujeto a la censura de Luis Felipe, e incluso (y este último ejemplo, el más impactante, le fue muy cercano a Trotsky) durante la Cuarta Duma rusa que, electa en el año de gracia de 1909, bajo el más rígido dominio de la contrarrevolución, sintió súbitamente el aliento ardiente de la revuelta que se preparaba y se convirtió en el punto de partida de la revolución?
Todo esto demuestra que “el farragoso mecanismo de las instituciones democráticas” cuenta con un poderoso correctivo, es decir con el movimiento vivo de las masas, con su inacabable presión. Y cuanto más democráticas son las instituciones, cuánto más vivo y fuerte es el pulso de la vida política de las masas, más directa y completa es su influencia, a pesar de los rígidos programas partidarios, de las boletas superadas (listas electorales), etcétera. Con toda seguridad, toda institución democrática tiene sus límites e inconvenientes, lo que indudablemente sucede con todas las instituciones humanas. Pero el remedio que encontraron Lenin y Trotsky, la eliminación de la democracia como tal, es peor que la enfermedad que se supone va a curar; pues detiene la única fuente viva de la cual puede surgir el correctivo a todos los males innatos de las instituciones sociales. Esa fuente es la vida política activa, sin trabas, enérgica, de las más amplias masas populares.
194 Alexander Kerenski (1881-1972): socialrevolucionario ruso. Patriota durante la guerra. Vicepresidente del Soviet de Petrogrado, ocupó varios puestos ministeriales durante 1917. Primer ministro del gobierno provisional. Derrocado por la Revolución de Octubre, murió en el exilio en EE.UU.
* Rosa Luxemburgo, “La Revolución Rusa”, pp. 390-393
https://www.marxists.org/espanol/luxem/11Larevolucionrusa_0.pdf

¿Qué es el Socialismo?

¿Qué es el socialismo?
A la debacle del “socialismo real”, a fines del siglo pasado, siguió una innegable crisis del pensamiento socialista y del movimiento obrero y revolucionario mundial. En la gran mayoría de los partidos comunistas y en la izquierda en general cundió la desesperanza. ¿Había fracasado el Socialismo? ¿Era aquello realmente Socialismo?
Los pensadores –la intelectualidad de la izquierda– luego de un impasse inicial, indagaron sobre las causas de la caída de aquel sistema, que otros anteriormente ya habían pronosticado, y comenzaron a proyectar nuevos “modelos” socialistas. Una buena parte de sus análisis atribuye el desastre a errores de tipo político tales como la mala dirección del Partido, la corrupción, la falta de democracia, y muchas otras por el estilo y, no pocas proyecciones, partiendo de tales evaluaciones, siguen, casi tres décadas después, haciendo énfasis en la necesidad de luchar por un “socialismo más humano, más participativo, y más democrático”, sin abordar la esencia del problema.
Las contradicciones principales del “socialismo real” deben buscarse en las relaciones de producción.
Todavía en la izquierda no se ha alcanzado un consenso sobre las verdaderas causas del derrumbe de aquel “socialismo” partiendo de un análisis de su Economía Política. Si queremos encontrar las verdaderas causas sistémicas que condujeron al desmoronamiento del “socialismo real” tenemos que aplicar el mismo método que empleamos para buscar las causas de las periódicas crisis capitalistas, debemos remitirnos a las relaciones económico-sociales que contraen los hombres en el proceso de producción, como las expuso claramente Carlos Marx.
Intentar pues, encontrar las causas principales de aquel desastre en el sistema político de “democracia socialista” con sus muchos defectos y violaciones de los derechos humanos, es tanto como pretender localizar las raíces de las crisis capitalistas en sus formas de gobierno y sus conocidas corrupciones.
Cuando en 1921 en Rusia se instauró la NEP (Nueva Política Económica), en el socialismo se introdujo el capitalismo de Estado, el cual traspasó luego al “Socialismo de Estado” el trabajo asalariado y sus demás vicios naturales como el burocratismo y la corrupción. A partir de entonces, las relaciones de producción en el “socialismo real” se caracterizaban esencialmente por la propiedad del Estado sobre los medios de producción, la planificación centralizada y el trabajo asalariado, en forma similar al capitalismo, con la diferencia de que en el capitalismo los medios de producción (capital constante) eran aportados por el dueño capitalista y en este eran proporcionados por el Estado. En ambos casos, los trabajadores tributaban la fuerza de trabajo, que era mal pagada como una mercancía más, destinada a producir la plusvalía propia del capitalismo, denominada “plus trabajo” en el “socialismo”: el excedente.
Si “la condición de la existencia del capital es el trabajo asalariado” como se expresa en el Manifiesto del Partido Comunista (1), la abolición del capital implica la eliminación de la condición de su existencia: el trabajo asalariado. Esta máxima de las ideas de Carlos Marx fue deshonestamente borrada de la terminología y la ideología del “marxismo-leninismo” desarrollado por Stalin para tratar de identificar el Capitalismo Monopolista de Estado con el Socialismo.
En verdad, tal “socialismo” que siguió basándose en el trabajo asalariado no era más que una especie de Capitalismo Monopolista de Estado –sin dueños capitalistas particulares– pero abigarrado, toda vez que el capitalismo tiene como finalidad la ganancia, mientras que esta versión “socialista” de capitalismo estatal se proponía la satisfacción de las necesidades crecientes de la población, a realizar en la esfera de la distribución, en forma similar al Estado de Bienestar, por medio de la buena y sabia voluntad del aparato estatal que “representaba los intereses de todo el pueblo”. Pero lo que califica a un sistema no son sus fines enunciados, sino sus formas y medios para conseguirlos.
Un problema histórico, antiguo de la filosofía, vuelve a la palestra: la correspondencia entre medios y fines. No es posible cualquier fin con cualquier medio. Los fines no justifican los medios, como afirmaba Maquiavelo, sino que los determinan. Consecuentemente la construcción de una nueva sociedad, tiene que ser realizada por nuevos medios, los que deben corresponder a sus fines. El trabajo asalariado que es la base de la explotación capitalista, no puede ser, por tanto, el medio para conseguir la sociedad sin explotadores ni explotados.
Así, las raíces de las crisis del “Socialismo de Estado”, como las correspondientes al capitalismo yacen en el régimen de explotación de la fuerza de trabajo asalariada y la forma de propiedad, que a su vez son las que determinan las maneras en que se distribuye el excedente, todo lo cual permite que unos se apropien y dispongan de la riqueza que otros producen.
Las contradicciones fundamentales del “Socialismo de Estado”, por basarse en el mismo sistema de explotación asalariada de la fuerza de trabajo (esencia de las relaciones de producción capitalistas) son similares a las que se muestran entre el trabajo y el capital, y entre la producción cada vez más social y la apropiación cada vez más privada, tienen orígenes similares, solo que, ahora las contradicciones son entre el trabajo y el capital estatal, y entre la producción social y la apropiación cada vez más concentrada en manos del aparato del Estado, razones por las cuales, sus manifestaciones sí que no son iguales.
A las contradicciones clásicas del capitalismo, el “Socialismo de Estado”, basado en la propiedad estatal y el trabajo asalariado, agregó otra crucial: la incompatibilidad entre los fines que se persiguen y los medios para conseguirlos.
Manifestaciones y consecuencias de esas contradicciones: las crisis en el capitalismo moderno y en el ““Socialismo de Estado”” neo-capitalista.
Marx, en la Crítica al Programa de Gotha (2) expresa: “El socialismo vulgar (y por intermedio suyo una parte de la democracia) ha aprendido de los economistas burgueses a considerar y a tratar la distribución como algo independiente del modo de producción, y, por tanto, a exponer el socialismo como una doctrina que gira principalmente en torno a la distribución. Una vez que está dilucidada la verdadera relación de las cosas, ¿porqué volver marcha atrás? “
El “Socialismo de Estado” neo-capitalista, retomó aquella vulgarización del socialismo e intentó erróneamente la justicia social igualitaria en la esfera de la distribución y el consumo y no en las relaciones de producción. Asumió el socialismo como una mejor distribución. Por eso y por necesitar de un enorme aparato burocrático para controlar sus recursos, el “Socialismo de Estado” precisa de un volumen de financiamiento que solo puede obtener de pagar salarios no directamente relacionados con los resultados de la producción, y por tanto, como media general social no paga con arreglo la cantidad y calidad del trabajo realizado, sino muy por debajo.
En consecuencia, el “Socialismo de Estado” tiende a una mayor explotación de los que trabajan, de la fuerza de trabajo (capital variable) para poder intentar su “vulgar socialismo distributivo”, beneficiar a los que menos producen y mantener los altos salarios, costos y prebendas de su aparato burocrático y sus órganos represivos, en lo que diluye la alta cuota de ganancia que consigue súper explotando el trabajo productivo.
El “Socialismo de Estado” mostraba así su innata incongruencia entre las relaciones de producción esencialmente capitalistas que mantuvo, y su enunciada finalidad de satisfacer las necesidades crecientes de la población. Algunas propuestas reformistas en el “Socialismo de Estado”, salpicadas de medidas neo keynesianas, planteaban superar esta contradicción del sistema mejorando los salarios de los trabajadores, aumentado su paga, remunerando las horas extras, focalizando –igual que el neoliberalismo– la seguridad social, estimulando el ahorro, aumentando las fuentes de trabajo y otras que atenuaban pero no resolvían el problema de fondo en las relaciones de producción y que, de aplicarse consecuentemente, según el criterio “de cada cual según su capacidad, a cada cual según su trabajo”, solo podían hacerse a costa de la “justicia social que se propone en la esfera de la distribución”.
La contradicción entre ese principio de la distribución socialista, heredado del capitalismo, y la intención de realizar la justicia social en la esfera de la distribución, es otra evidencia más de la incongruencia entre los fines y los medios del “Socialismo de Estado”, toda vez que el cumplimiento de tal principio dejaría al Estado sin los recursos suficientes para sostener su aparato burocrático, realizar su reproducción ampliada y hacer su “bondadosa” política distributiva. Queda así al descubierto la necesidad de un cambio en los medios, en la forma de organizar la producción, específicamente la forma de propiedad y en el trabajo asalariado.
El no pago adecuado de la fuerza de trabajo, por el “Socialismo de Estado” trajo afectaciones a la reproducción de la clase trabajadora, que se vio obligada a buscar salidas a su situación fuera del trabajo productivo para el Estado ya sea en la corrupción, el trabajo ilegal informal o en la emigración; la producción perdía así el estimulo principal que ofrecía el sistema para los trabajadores: su reproducción como clase trabajadora y la satisfacción de sus necesidades, con lo cual decaía el interés de los creadores de las riquezas por la producción sistémica y las consiguientes disminuciones relativas en la productividad y en medios producción y de consumo que provocaban los inevitables déficit de ofertas de mercancías. El “Socialismo de Estado” trató de suplir entonces su falta de estímulo material apelando a la solidaridad social, con arengas, premios y compulsiones “morales” y otras formas extraeconómicas.
Las causas de sus desastres siempre eran buscadas fuera del sistema y lo mismo se culpaba a la naturaleza por las malas cosechas, que a los vaivenes del mercado internacional, o a las necesidades de la defensa, la seguridad y otras, todas en ocasiones con reales –pero no determinantes– incidencias. Cuando no había manera de culpar a estos elementos externos, casi siempre la culpa recaía en los funcionarios “mal preparados” o los trabajadores que “todavía no tenían conciencia para sí y necesitaban ser educados política y económicamente”.
Para realizar su ciclo de reproducción, que también demanda grandes inversiones en capital constante como vía para tratar de aumentar la productividad y la producción y mantener la competitividad en el mercado mundial capitalista, el “Socialismo de Estado”, también se ve obligado a sacrificar, y cada vez más y en forma peor a los trabajadores productivos que debían crear riquezas para toda aquella distribución voluntarista, para la reproducción ampliada del sistema y las políticas internacionales.
Como consecuencia de la aplicación de este ciclo que afecta sobre todo a los trabajadores productivos, irremediablemente se manifestaba la constante y creciente tendencia hacia la disminución de la productividad, el estancamiento económico, la inflación y la escasez constante de recursos para la adquisición de productos tanto del sector I –medios de producción–, como del sector II –medios de consumo–.
Una de las “salidas” que buscaba siempre el “Socialismo de Estado” –que monopolizaba los mercados de ambos sectores– para garantizar su reproducción, era acudiendo a más restricciones en el sector II que, a su vez, llevaba al aumento de los precios por la ley de oferta y demanda, lo cual por término medio afectaba más a los salarios de los productores directos que a los receptores indirectos de beneficios generales del sistema (subsidios y prebendas) que van por fuera del salario.
Otras de sus “soluciones” clásicas era acudir a los créditos para adquirir medios de consumo, deudas luego impagables por improductivas y a las inversiones directas de capital extranjero, que por su naturaleza arrastran todos sus vicios y entran en contradicción con las regulaciones salariales y de todo tipo impuestas por el capital estatal, por lo cual terminan imponiéndose económicamente si se le permite el libre desarrollo –caso chino–, o complicando las relaciones sociales para finalmente retirarse si encuentra muchas dificultades para su reproducción.
De otra parte, los bajos salarios reales que precisa el “Socialismo de Estado” neo-capitalista, como condición de su reproducción, incentivan indirectamente el desplazamiento de muchos trabajadores calificados y eficientes al trabajo individual, la producción mercantil simple, que “increíblemente” se vuelve aquí más rentable y productiva, por el simple efecto del auto respeto a su reproducción, ocurriendo un proceso inverso al que se da en el capitalismo que tiende a absorber de manera natural a la pequeña producción. Esto explicaría la forma violenta en que el neo-capitalismo “socialista” de Estado reaccionaba contra la pequeña burguesía, expropiándola, tratando de imponerle todo tipo de trabas y acusándola de generar “capitalismo”, cuando en verdad explotaban mucho menos a sus trabajadores.
La fuerza de trabajo en ese “Socialismo de Estado” es, por tanto, más explotada y, por consiguiente, la contradicción entre el Estado todo poseedor y el trabajo peor pagado, se hacía más insostenible para los que producían directamente bienes o servicios, lo que explicaría tanto la disposición mayoritaria de sus productores –especialmente los más preparados– a pasar al capitalismo clásico, siendo esta la mayor inestabilidad y debilidad –en todos los órdenes– del “Socialismo de Estado”.
Esas eran las razones por las cuales, los obreros del “Socialismo de Estado” europeo, cuando se comparaban con los obreros del capitalismo europeo, notaban que sus niveles de vida y consumo eran muy inferiores. Y no estamos evaluando el consumismo inherente a las clases explotadores, que nunca ha tenido nada que ver con el consumo de la clase trabajadora para su reproducción.
Esta mayor explotación relativa de la fuerza de trabajo productiva, tuvo consecuencias doblemente contraproducentes, pues ocurrió que la distribución del excedente resultante, era realizada además, en función de intereses objetivamente predeterminados por la separación real que existía entre los medios de producción y los productores, y la consecuente existencia de un aparato burocrático agigantado, que haciendo las veces de dueño, se veía obligado a cuidar y responder por sus bienes y su propia reproducción como ente social, razón que lo llevaba, cada vez más, a separarse de los intereses del pueblo y los trabajadores. Este controvertido gasto burocrático afectaba a su vez la reproducción ampliada del capital estatal.
Tan enorme aparato, por muy buenas intenciones que poseyera, situado fuera del control real de la sociedad –sólo posible de realizar mediante la socialización de los medios de producción y su gestión mediante las formas autogestionarias, la apropiación en beneficio de los colectivos obreros y sociales– tendió por naturaleza, en razón de su posición respecto a los medios de producción, al burocratismo y a la corrupción en grados extremos.
La legalidad, las libertades, la democracia y los derechos que se suponían al Socialismo, eran violados como consecuencias de aquel régimen de explotación encubierto y de las necesidades lógicas de control del aparato burocrático para mantener su dominio en aquella sociedad. El Estado, cuando debió caminar hacia su extinción, disminuyendo sus funciones de control social y económico en beneficio de los colectivos sociales y de trabajadores, en cambio tendió a su fortalecimiento y al desarrollo de nuevos sistemas y métodos de controles cada vez más sofisticados y centralizados. En la práctica aquel “Socialismo de Estado”, particularmente en la URSS, generó formas en el comportamiento social de su burocracia, más parecidas a las de los señores feudales que a las de los propios capitalistas, como aquella de la nomenclatura cuyos miembros –una especie moderna de upátridas atenienses– eran los únicos que podían ocupar responsabilidades públicas.
Un factor adicional que comprometió la inversión en el “Socialismo de Estado”, fue la carrera armamentista y el mantenimiento de un ejército de enormes proporciones, que en el capitalismo es un escape para la inversión de capitales ociosos y la creación de fuentes de trabajo a costa del presupuesto-parásito del Estado (3), pero para el “Socialismo de Estado” era un consumidor improductivo de recursos, técnicas de alta tecnología y finanzas que recaía directamente sobre los hombros y estómagos de los trabajadores.
Si en el sistema capitalista de producción, la tan cacareada “democracia representativa”, no es más que una dictadura del capital sobre el trabajo, en aquel “Socialismo de Estado”, la dicotomía engendrada y desarrollada entre el Estado todo poseedor y el pueblo trabajador, convertía en realidad a la “democracia socialista” igualmente en la dictadura del aparato del Estado neocapitalista sobre el trabajo.
Como resultado, las contradicciones propias del capitalismo traspasadas al neo-capitalismo estatal creído socialismo, en lugar de ser resueltas, fueron agudizadas aun más, aunque sus manifestaciones y consecuencias fueran distintas.
Entonces vino, necesariamente, a hacer acto de presencia la ley general del desarrollo de la historia humana, descubierta por Marx y descrita brillantemente en su Prólogo a la Contribución de la Crítica de la Economía Política, según la cual: “En la producción social de su vida, los hombres contraen determinadas relaciones que son necesarias e independientes de su voluntad, que corresponden a una determinada fase de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producción forma la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se levanta la superestructura jurídica y política y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social, política y espiritual en general. No es la conciencia del hombre lo que determina su ser, sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia. Al llegar a una determinada fase de desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes, o, lo que no es más que la expresión jurídica de esto con las relaciones de producción dentro de las cuales se han desenvuelto hasta allí. De forma de desarrollo de las fuerzas productivas, estas relaciones se convierten en trabas suyas. Y se abre así una época de revolución social.” (4)
Aquel intento socialista, devenido Capitalismo Monopolista de Estado, mezcla de viejos métodos –“las armas melladas del capitalismo”, según el Che, entre las que se destaca como principal el trabajo asalariado– para nuevos propósitos, fue superado por el agotamiento político de las masas trabajadoras, aprovechado por los nuevos capitalistas creados por aquel mismo Estado, que buscaban un mejor despliegue de las fuerzas productivas contenidos en aquella sociedad y todavía organizadas sobre la base del trabajo asalariado. Las relaciones de producción capitalistas, fueron así depuradas de las reminiscencias feudales que surgieron con el “Socialismo de Estado”.
La solución de las contradicciones en el capitalismo y en el “Socialismo de Estado”: El Socialismo.
La nueva forma de producción socialista había sido descubierta por Marx, en el régimen de trabajo de las cooperativas nacidas en el propio seno del capitalismo. Este sistema de producción elimina las contradicciones entre el capital y el trabajo y entre la producción social y la apropiación privada, en tanto que los propios trabajadores asociados, dueños colectivos de sus medios de producción, aprovechan más racionalmente su fuerza de trabajo, administran democráticamente su gestión productiva y controlan y distribuyen el excedente.
Si de Economía Política estamos tratando y no de quimeras y utopías, el socialismo es por tanto el nuevo régimen económico-social de producción basado en el cooperativismo y la autogestión, llamado a sustituir al sistema de explotación capitalista, cimentado en el trabajo asalariado y la propiedad capitalista, privada o estatal. Este nuevo régimen, que ya no tendrá como propósito la producción de mercancías para obtener la ganancia, la plusvalía, en su desarrollo conducirá al comunismo, y la lógica de su Economía Política será distinta a la de la producción mercantil.
Los caracteres colectivistas, democráticos y libertarios que respectivamente portan las formas de propiedad, gestión, y distribución de las relaciones cooperativistas y autogestionarias, serán los que se proyectarán en las instituciones políticas, sociales, judiciales e ideológicas de la superestructura de la nueva sociedad; tanto como los caracteres privados, antidemocráticos y autoritarios inherentes a la propiedad, la gestión, y la distribución de las relaciones de producción capitalistas, se manifiestan en las instituciones políticas, sociales, jurídicas e ideológicas de su superestructura.
Guardando dichos caracteres, ya las formas y maneras específicas que asuman las organizaciones e instituciones políticas, sociales, jurídicas y otras de la conciencia social, así como los demás aspectos de la superestructura tendrán expresiones tan variadas como diversos son la idiosincrasia, la cultura, la historia y el desarrollo económico de cada país; tal y como ocurrió en el capitalismo, que teniendo la misma forma de explotación en todas partes, sus maneras y entramados políticos y superestructurales fueron y son, muy diversos, pero manteniendo la esencia, el sello de sus caracteres sistémicos.
En consecuencia, pretender un “modelo” de estructura organizativa, estatal, política, jurídica o sociocultural, o un conjunto de normas que rijan la nueva superestructura socialista, sería tanto como intentar negar la rica diversidad de la humanidad. Algunos insisten en definir que serán sociedades humanísticas, libertarias, democráticas, inclusivas, protagónicas, etc., tales cualidades siempre fueron propósitos del pensamiento revolucionario de todos los tiempos, convertidos en letra muerta en todos los regímenes anteriores, solo pueden manifestarse como fines y medios al mismo tiempo, a través del desarrollo y avance de la nueva sociedad basada en esas nuevas relaciones socialistas de producción que, como hemos visto, hasta ahora no han sido puestas en práctica en país alguno.
C. Marx, en el Manifiesto Inaugural de la Asociación Internacional de los Trabajadores, señala: “Pero estaba reservado a la Economía política del trabajo alcanzar un triunfo más completo todavía sobre la Economía política de la propiedad. Nos referimos al movimiento cooperativo, y sobre todo a las fábricas cooperativas, creadas sin apoyo alguno, por iniciativa de algunos obreros audaces.
Es imposible exagerar la importancia de estos grandes experimentos sociales, que han mostrado con hechos, no con simples argumentos, que la producción en gran escala y al nivel de las exigencias de la ciencia moderna, puede prescindir de la clase de los patronos, que utiliza el trabajo de la clase obrera; han mostrado también que no es necesario a la producción que los instrumentos de trabajo estén monopolizados como instrumentos de dominación y de explotación contra el trabajador mismo; y han mostrado, por fin, que lo mismo que el trabajo esclavo, lo mismo que el trabajo siervo, el trabajo asalariado no es sino una forma transitoria inferior, destinada a desaparecer ante el trabajo asociado que cumple su tarea con gusto, entusiasmo y alegría.” (5)
Este sistema, sustentado en la autogestión obrera, que Marx y Engels identificaron en múltiples ocasiones como la nueva forma de trabajo llamada a sustituir el régimen asalariado, fue también la que señaló Lenin en 1923, cuando ya no ejercía el control del partido ni del estado, como la vía para avanzar en el socialismo, en su último e importantísimo trabajo teórico relativo a la construcción socialista: “Sobre la Cooperación” (6).
Si en 1864, hace casi siglo y medio, ya Marx reconocía que no eran necesarios los capitalistas ni el trabajo asalariado para la producción en gran escala, y lo mismo expresaba Lenin en 1923 en aquella Rusia atrasada y destruida, no parece sostenible hoy el argumento de que el capitalismo (de Estado o el que sea) sigue siendo necesario para desarrollar las fuerzas productivas, toda vez que salvo las sociedades tribales selváticas que todavía quedan en África y en algunas zonas americanas y asiáticas, en el resto del mundo existen, por lo menos, niveles medios de capitalismo.
Tan cierto es que la autogestión obrera es el camino a la solución de las contradicciones del capitalismo, que muchas empresas capitalistas modernas emplean parcialmente el sistema autogestionario surgido en el cooperativismo, para evitar el paro obrero, procurar una mayor participación de los trabajadores en la gestión empresarial y, por esa vía, tratar de preservar el sistema capitalista.
Si las contradicciones fundamentales del sistema capitalista, se resolverán a través del trabajo asociado cooperativo –la Autogestión Empresarial Obrera y Social– y ya vimos que las contradicciones del “Socialismo de Estado” neo-capitalista son esencialmente las mismas, no así sus manifestaciones, la lógica indicaría que la solución de sus contradicciones podría ser a partir de la autogestión obrera. Sin embargo, la práctica ha traído otros resultados.
Allí donde el desarrollo del capitalismo estatal “socialista” se hizo absoluto, total, y degeneró a formas semi-feudales, –caso típico URSS– evolucionó hacia el capitalismo clásico que significaba un paso de avance, por cuanto comportaba una liberación de las fuerzas productivas que el “Socialismo de Estado” neocapitalista constreñía. Cuando, como en China, el Capitalismo Monopolista de Estado evolucionó a su forma clásica con participación también de capitalistas individuales, la tendencia ha sido a la paulatina absorción del capitalismo estatal por el capitalismo nacional e internacional. La experiencia mundial de los últimos 28 años ha demostrado que el Capitalismo Monopolista de Estado es incapaz de conducir al socialismo, solo quedaría la posibilidad antes de que degenere a formas semifeudales –caso de Corea del Norte– o sea dominado por el capitalismo nacional y extranjero, como está ocurriendo en China y Vietnam.
Hay una diferencia muy clara entre la experiencia rusa y la china, de capitalismo de Estado: En la URSS el Capitalismo Monopolista de Estado “socialista” tuvo que fracasar para que se implantara el capitalismo clásico, en China lo implantó el propio “Socialismo de Estado”.
Se trata de que acabemos de entender que nunca en el “Socialismo de Estado”, se desarrollaron las relaciones socialistas de producción basadas en el cooperativismo y la autogestión obrera y que se quedó estancado en el neo-capitalismo de Estado. Nunca se creó la base económica socialista. Esto fue así porque las Revoluciones políticas en Rusia y China que comenzaron las Revoluciones sociales con la expropiación de los medios de producción en poder de la burguesía industrial y agraria, se quedaron varadas en la concentración de la propiedad en el Estado y continuaron aplicando el régimen de explotación asalariado, por lo cual no cambió la esencia de las relaciones de producción, no cambió la base de la sociedad al no socializar la propiedad y la apropiación. Aquel engendro resultante fue después erróneamente identificado, divulgado y aceptado como “socialismo”, no obstante las diferencias en los niveles de desarrollo, las idiosincrasias y las culturas de ambos países.
El mantenimiento y fortalecimiento del capitalismo estatal en el “socialismo”, fue el que impregnó a aquellos Estados “socialistas”, a sus gobiernos y demás instituciones de sus superestructuras de sus enajenantes formas antidemocráticas, monopólicas, totalitarias y explotadoras.
Estas experiencias corroboraron una vez más en la Historia que las revoluciones políticas para hacerse irreversibles, deben completar cabalmente su ciclo social, pues de lo contrario se quedan en los marcos de la superestructura anterior, que siempre responderá a su base económica –fuerzas productivas y relaciones de producción– soporte de la reversibilidad. Es imposible un nuevo modo de producción sin una nueva base económica. Son imposibles los paradigmas socialistas, sin las correspondientes relaciones de producción de tipo socialista, sin el empoderamiento político y económico del proletariado.
El capitalismo de Estado, importado al socialismo con la NEP, fue concebido inicialmente solo como una necesidad temporal para sacar a Rusia del desastre de la guerra, la intervención extranjera y el comunismo de guerra, pero tanto se desarrolló y creció en lugar de las relaciones socialistas de producción –el cooperativismo y la autogestión obrera– que las desplazó hasta llegar a imponerse casi totalmente. He ahí la génesis de la debacle.
Luego de la muerte de Lenin, la concepción marxista y leninista, sobre el carácter cooperativista de las nuevas relaciones de producción socialistas, fue secuestrada y suplantada por la noción del neo-capitalismo de Estado. Hubo cooperativas, sí, pero solo en la agricultura y limitadas en todo sentido, y se intentaron relaciones basadas en la autogestión, pero siempre obstaculizadas por el centralismo burocrático.
El único país europeo que avanzó a cambios importante en las relaciones de producción, en la base de la sociedad fue Yugoslavia, cuyo proceso autogestionario fracasó porque se violaron los principios mismos de la Autogestión Empresarial Obrera y Social, especialmente la democracia de la gestión y el carácter social de la autogestión, violaciones que estimularon las contradicciones clasistas, étnicas, regionales y religiosas de aquel Estado multinacional.
La Liga de los Comunistas de Yugoslavos (LCY) que primero apoyó la plena autogestión a nivel empresarial, no supo contrarrestar tendencias contrarias a la autogestión social socialista (el cooperativismo visto como sistema social integral) para garantizar la unidad del conjunto. La LCY trató luego de remediar la situación imponiendo una mayor centralización que, en lugar de detener la desintegración, la aceleró y estimuló aun más las agudas contradicciones subyacentes en aquella compleja sociedad.
Esta experiencia es muy importante en tanto que ha permitido darle base científica a la noción de la autogestión social enunciada por los clásicos, como una combinación de la autogestión empresarial con los intereses de la sociedad en su conjunto.
El otro factor que torpedeó y ayudo a hundir la autogestión yugoslava fue el estrangulamiento a dos manos que escenificaron el Estalinismo y el Imperialismo. El primero aisló económica y políticamente a Yugoslavia del existente campo socialista, empujándolo al comercio y los créditos de Occidente, de lo cual el Imperialismo se aprovechaba para penetrar con sus capitales y exacerbar las contradicciones internas que enfrentaba el novel sistema yugoslavo.
La experiencia del “socialismo europeo”, especialmente de la URSS que tomamos como modelo de análisis, demostró que la Revolución social no puede detenerse en ninguna fase y que mientras mayor sea la consolidación del Capitalismo Monopolista de Estado en el socialismo, mayores serán las dificultades para el avance hacia las formas socialistas de producción. Tal desviación resultó en un régimen mucho más discordante que el propio capitalismo, como ya vimos, y provocó también formas más antagónicas en la superestructura, como el totalitarismo, el abuso de poder, la superexplotación, el burocratismo aberrante, la represión, la corrupción generalizada y otras, razones por las cuales estaba destinado a desaparecer mucho más rápido que el propio sistema capitalista y derivar al capitalismo clásico, como acertadamente previó Ernesto (Che) Guevara con 25 años de anticipación.
El momento de reorientar el camino hacia relaciones socialistas basadas en el cooperativismo y la autogestión, en el caso de Rusia, lo señaló Lenin en 1923, un año antes de su muerte, en su crucial obra ya citada Sobre la Cooperación, pero para desgracia de la URSS y el socialismo mundial, el Partido Comunista dirigido por Stalin siguió el camino del fortalecimiento del capitalismo de Estado.
Cuando vino la debacle, el capitalismo clásico fue la opción a mano para aquellos pueblos, pero no porque fuera mejor que el socialismo que nunca existió, que nunca se probó, sino porque representaba más ventajas que el neo-Capitalismo Monopolista de Estado creído socialista. Aquellos trabajadores, agobiados por decenios de explotación y opresión política en nombre del “socialismo”, no podían emprender el verdadero camino socialista pues no tenían el control necesario sobre el Estado ni sobre los medios de producción que, en su caso, intento que se propuso la perestroika en la URSS, pero que fue incapaz de concretar, entre otras causas por la oposición de la burocracia partidista. Esta es una lección histórica muy importante de aquella debacle.
Fueron las contradicciones señaladas, las causantes sistémicas principales del desmoronamiento agravadas por las abundantes desviaciones políticas resultantes de aquellas, como la mala dirección, las ausencia de democracia, la violación de los derechos humanos políticos y económicos, la corrupción generalizada, el nepotismo, los privilegios, etc., todas presentes, pero ninguna determinante. Toda esta sería una breve explicación, desde el punto de vista de la economía política marxista, al desastre del “socialismo real” que, por mucho que quisiera ignorar las leyes de la producción capitalista, por basarse en la explotación del trabajo asalariado, se mantenía inevitablemente atado a ellas.
Si aquel desvarío basado en el control total del Estado sobre el capital, llevó al desastre a la Europa que pretendió el socialismo, en China el predominio mayoritario del control extranjero y privado sobre el capital, en relación con la parte que controla el Estado y donde el cooperativismo existe solo comunalmente en alguna regiones y es muy débil, está conduciendo a una forma más clásica de capitalismo de Estado, pero capitalismo al fin, donde además de éste, existen otros capitalistas privados nacionales y extranjeros que ya van siendo predominantes y se sirven de aquel y a la larga tenderán, naturalmente, a devorarlo con la privatización creciente. El desarrollo que se aprecia en China, no es por tanto, el desarrollo del socialismo, sino el desarrollo del capital extranjero, privado y estatal, por ese orden, a costa de la explotación de los trabajadores y el pueblo chinos.
La reacción internacional ha presentado aquel desastre de los años 90 como consecuencia de la rebeldía obrera y popular contra el socialismo, para tratar de denigrarlo, cuando en verdad fue contra la desviación del socialismo y la más grande evidencia, en la segunda mitad del Siglo XX, de rechazo popular a la explotación y la conculcación de los derechos ciudadanos en que había degenerado aquel intento socialista devenido neo-capitalismo estatal.
Politólogos de la izquierda moderna escriben sobre la necesidad de un “nuevo socialismo”, la conveniencia de reformularlo y repensarlo, en la búsqueda de un socialismo “moderno”, del “Siglo XXI”, el del “futuro”, el “deseable” o el “posible”, buscándole mejores atributos a la forma de distribución, a sus instituciones democráticas y representativas, a sus leyes “más humanas”, a sus “libertades de creación, expresión y manifestación”, fenómenos todos de la superestructura, que en realidad se verificarán más por la práctica del perfeccionamiento de la nueva sociedad sobre su propia marcha, que por las construcciones ideales de mentes bienintencionadas o de las mejores plumas humanísticas. Algunos intelectuales han llegado a elucubrar sus “construcciones socialistas” fuera del marxismo, en banal ejercicio hierático.
Muchas de estas “variantes” que concentran su atención en las bondades que debe presentar el “nuevo socialismo”, sobre todo en la esfera distributiva y sus alicientes libertarios, olvidan, desconocen tal vez, que las formas de expresión jurídica, política y social, están indisolublemente ligadas y determinadas por las relaciones de producción y propiedad que junto al desarrollo de las fuerzas productivas, constituyen la base sobre la cual se erige todo el andamiaje de la superestructura social y, particularmente, la distribución del excedente.
Las relaciones de producción en las que se basará el nuevo régimen, la Autogestión Empresarial Obrera y Social, el cooperativismo y el trabajo individual y familiar anularán las irreconciliables contradicciones del capitalismo, porque los propios dueños colectivos y asociados de los medios de producción administrarán democráticamente su fuerza de trabajo y distribuirán el excedente, sistema de trabajo que sustituirá al “trabajo asalariado forma transitoria inferior, destinada a desaparecer ante el trabajo asociado que cumple su tarea con gusto, entusiasmo y alegría.”(5)
El objetivo del nuevo sistema no será ya la producción de mercancías, para obtener ganancias a través de la plusvalía, nacida del trabajo asalariado y realizada en el mercado. La lógica de la nueva organización productiva socialista, a la que se llegará a través de un proceso y no de golpe, se distanciará paulatinamente de la anterior, en la medida en que el intercambio de mercancías vaya siendo sustituido por el intercambio de equivalentes.
De manera que: ley del valor, trabajo abstracto, valor de uso y valor de cambio, mercancía, mercado, plusvalía, ley de oferta y demanda, ley de la tendencia decreciente de la cuota de ganancia y demás leyes y categorías de la economía mercantil, seguirán funcionando por algún tiempo, mientras las relaciones de producción socialistas llegan a ser predominantes, pero se irán modificando hasta desaparecer en el traspaso del umbral del comunismo, que basará su sistema productivo en otros medios y fines, a los que corresponderán otras leyes y categorías.
Como el socialismo se irá consolidando paulatinamente por países y a escala internacional en la medida en que vayan predominando las relaciones socialistas de producción (léase cooperativismo y autogestión), no parece probable ni científico definir desde ahora, cuándo sería posible considerar que se haya terminado de construir la primera fase socialista de la nueva sociedad, fenómeno que, de acuerdo con el análisis de los anteriores regímenes de producción, debería más bien ser considerado como un proceso en desarrollo, sin establecer plazos determinados.
Una honesta distribución democrática del excedente, una verdadera igualdad que permita similares accesos a la cultura, la salud, la educación, el deporte, la recreación, y a una seguridad social efectiva; una auténtica igualdad ante la ley de las mujeres, las etnias, los religiosos y los discriminados por cualquier razón; una fidedigna democracia protagónica que brinde a todos por igual posibilidades de ser electos para responsabilidades sociales; una real libertad de creación y expresión humanas solo son posibles en una sociedad de hombres libres, que no estén obligados a vender a nadie su fuerza de trabajo para vivir y satisfacer sus necesidades.
Tal sociedad irá apareciendo en la medida en que los medios de producción vayan siendo francamente socializados y primordialmente pertenezcan en usufructo o propiedad a los colectivos de trabajadores asociados, quienes aprovechan su fuerza de trabajo en su bienestar y el de la sociedad en su conjunto y no en interés de los capitalistas, sean privados o estatales.
Ciertamente, la nueva sociedad socialista sigue siendo hoy una intención. Lo ocurrido hasta ahora más bien serviría para explicar lo que no es socialismo, como muy acertadamente describe el Profesor Michael A. Lebowitz, en su reciente artículo ¿Qué es el socialismo?, del mismo nombre que éste (7). De manera que intentar teorizar sobre la Economía Política de la nueva sociedad, debe partir de las proyecciones que nos legaron los clásicos y precisamente de esas fallidas experiencias y de las que se mantienen en la contienda, todo lo cual permite solo acercamientos generales, no un camino expedito.
Ese nuevo sistema socialista que armonizará los intereses de la sociedad con los de las regiones, los de los colectivos de trabajadores, los de los trabajadores mismos y con los de la naturaleza, es el único que puede salvar a la humanidad y a nuestro planeta de perecer a causa de la insaciable voracidad del capitalismo.
Los grandes problemas globales que enfrenta la humanidad, los múltiples problemas medioambientales, las enfermedades, la paulatina escasez de recursos no renovables, el hambre crónica de pueblos enteros, las migraciones incontrolables, la sustentabilidad, los choques de culturas y religiones, el terrorismo internacional y de Estado, el narcotráfico, las amenazas de guerras infernales, el armamentismo nuclear y de otras armas de exterminio masivo, un verdadero nuevo orden económico internacional, y las crisis de todo tipo, irán encontrando soluciones estables en la medida en que vaya avanzando, internacionalmente, el nuevo régimen económico-social socialista sobre las bases democráticas libertarias y colectivas que proporcionan la Autogestión Empresarial Obrera y Social.
Todas esas pandemias persistirán mientras existan el imperialismo y el régimen capitalista, cuya naturaleza sistémica, los engendra, reproduce, facilita o simplemente ignora. Pretender su solución a partir de la buena voluntad de los grandes y pequeños poderosos para que cambien sus políticas, ha sido una de las tantas quimeras del complejo Siglo XX, y de las elites del “Socialismo de Estado”.
La fuerza de los trabajadores y los desposeídos, está en su número: usémosla. La unidad internacional de todos los trabajadores, en todos los países, su frente común contra el capital internacional, debe ser retomada. Impulsemos por todas las vías posibles, principalmente en el seno de los países capitalistas desarrollados, en sus masas de trabajadores la conciencia de que el régimen de explotación capitalista y especialmente sus grandes empresas transnacionales, son los responsables directos o indirectos de todo el desastre que ya vive una parte de la humanidad y hacia el cual avanza el mundo. Ese régimen es el que hay que superar. La forma de iniciar y lograr el cambio ya es cuestión de las circunstancias históricas concretas de cada país, de sus trabajadores, de sus respectivos pueblos.
Simplemente hay que rescatar a Marx. La lucha por el “nuevo” socialismo autogestionario, colectivista democrático y libertario, en el seno del Imperialismo, en las modernas sociedades capitalistas, es la clave para la solución de los grandes problemas de la humanidad. La globalización que no es otra cosa que la internacionalización y la concentración cada vez mayor del capital prevista por los fundados del Socialismo Científico (identificativo que algunos prefieren no usar) posibilita como nunca antes la unidad de las luchas contra el imperialismo entre los distintos destacamentos nacionales de la clase obrera moderna, los movimientos sociales y alter-mundistas y las reivindicaciones de los países en desarrollo y más atrasados, teniendo como fin común la lucha por la autogestión social.
Solo una sociedad capaz de estructurarse sobre la base del predominio de las nuevas relaciones de producción, entendidas como el cooperativismo y la autogestión social, posibilitará la realización de todas las aspiraciones democráticas, libertarias, humanas y socialistas que las mentes progresistas de todos los hombres, en todas las épocas, han desarrollado como arquetipos de la humanidad y posibilitará superar todas las grandes contradicciones y retos que actualmente enfrenta la humanidad, derivados del capitalismo.
Conseguir ese socialismo añorado por muchos, esos paradigmas sociales, pasa por la lucha consecuente, en todos los países, de todo el movimiento obrero, revolucionario y progresista, por el establecimiento paulatino del nuevo régimen social basado en el predominio de las relaciones socialistas de producción: la autogestión empresarial obrera y social.
Solo entonces será realidad el Socialismo y comenzará la verdadera historia humana.
Bibliografía.
1) C.Marx y F. Engels, El Manifiesto del Partido Comunista. OE. en tres tomos. T-I. Editorial Progreso. Moscú 1973
2) C. Marx. Crítica al Programa de Gotha, O.E, en tres Tomos, T-III, Editorial Progreso, Moscú 1974
3) A reservas de que los presupuestos actuales del imperialismo, merecen un análisis especial aparte, como quiera que se les mire, constituyen una institución parásita que se alimenta de los contribuyentes para beneficio general principal del sistema capitalista moderno. Nota del autor.
4) C. Marx. Prólogo de la Contribución a la Crítica de la Economía Política. C. Max y F. Engels OE. en tres tomos. T-I. Editorial Progreso. Moscú 1973.
5) C. Marx. Manifiesto inaugural de la Asociación Internacional de los Trabajadores. OE. en tres tomos. T-II. Editorial Progreso. Moscú 1973
6) V.I. Lenin. Sobre la Cooperación. OC. T- XXXIII. Editora Política. La Habana.1964
7) Michael A. Lebowitz. ¿Qué es el socialismo? Publicado en La Haine el 11.08.06

José Martí y los partidos políticos.

A su pueblo se ha de ajustar todo partido público, y no es la política más, o no ha de ser, que el arte de guiar, con sacrificio propio, los factores diversos u opuestos de un país de modo que, sin indebido favor a la impaciencia de los unos ni negación culpable de la necesidad del orden en las sociedades -sólo seguro con la abundancia del derecho- vivan sin choque, y en libertad de aspirar o de resistir, en la paz continua del derecho reconocido, los elementos varios que en la patria tienen titulo igual a la representación y la felicidad. Un pueblo no es la voluntad de un hombre solo, por pura que ella sea, ni el empeño pueril de realizar en una agrupación humana el ideal candoroso de un espíritu celeste, ciego graduado de la universidad bamboleante de las nubes. De odio y de amor, y de más odio que amor, están hechos los pueblos; sólo que el amor, como sol que es, todo lo abrasa y funde; y lo que por siglos enteros van la codicia y el privilegio acumulando, de una sacudida lo echa abajo, con su séquito natural de almas oprimidas, la indignación de un alma piadosa. Con esas dos fuerzas: el amor expansivo y el odio represor -cuyas formas públicas son el interés y el privilegio- se van edificando las nacionalidades. La piedad hacia los infortunados, hacía los ignorantes y desposeídos, no puede ir tan lejos que encabece o fomente sus errores. El reconocimiento de las fuerzas sordas y malignas de la sociedad, que con el nombre de orden encubren la rabia de ver erguirse a los que ayer tuvieron a sus pies, no puede ir hasta juntar manos con la soberbia impotente, para provocar la ira segura de la libertad poderosa. Un pueblo es composición de muchas voluntades, viles o puras, francas o torvas, impedidas por la timidez o precipitadas por la ignorancia.
Hay que deponer mucho, que atar mucho, que sacrificar mucho, que apearse de la fantasía, que echar pie a tierra con la patria revuelta, alzando por el cuello a los pecadores, vista el pecado paño o rusia: hay que sacar de lo profundo las virtudes, sin caer en el error de desconocerlas porque vengan en ropaje humilde, ni de negarlas porque se acompañen de la riqueza y la cultura. El peligro de nuestra sociedad estaría en conceder demasiado al empedernido espíritu colonial, que quedará hoceando en las raíces mismas de la república, como si el gobierno de la patria fuese propiedad natural de los que menos sacrifican por servirla, y más cerca están de ofrecerla al extranjero, de comprometer con la entrega de Cuba a un interés hostil y desdeñoso, la independencia de las naciones americanas:-y otro peligro social pudiera haber en Cuba: adular, cobarde, los rencores y confusiones que en las almas heridas o menesterosas deja la colonia arrogante tras sí, y levantar un poder infame sobre el odio o desprecio de la sociedad democrática naciente a los que: en uso de su sagrada libertad, la desamen o se le opongan. A quien merme un derecho, córtesele la mano, bien sea el soberbio quien se lo merme al inculto, bien sea el inculto quien se lo merme al soberbio. Pero esa labor será en Cuba menos peligrosa, por la fusión de los factores adversos del país en la guerra saneadora; por la dignidad que en las amistades de la muerte adquirió el liberto ante su señor de ayer; por la peculiar levadura social que, aparte de la obra natural del país, llevarán a la república las masas de campesinos y esclavos emigrados, que, a mano con doctores y ricos de otros días y próceres de la revolución, han vivido, tras veinticinco años de trabajar y de leer, y de hablar y oír hablar, como en ejercicio continuo y consciente de la capacidad del hombre en la república. Y mientras una porción reacia e ineficaz, la porción menos eficaz, del señorío cubano antiguo, se acorrala injusta y repulsiva, contra este pueblo nuevo de cultura y virtud, de mentes libres y manos creadoras, otra porción del señorío cubano, mucho más poderosa que aquella, ha vivido dentro de la masa revuelta, ha conocido y guiado su capacidad, ha trabajado mano a mano con ella, se ha hecho amar de la masa, y es amado, ¡y hoy rodaría por tierra, mente a mente, mucho menguado leguleyo que le negase la palabra superior a mucho hijo de esta alma-madre del trabajo y la naturaleza! En Cuba no hay duelo entre un señorío desdentado y napolitano y el país, de suyo tan moderado como desigual, en que, con la pura esperanza de la libertad suficiente, se reúnen por el respeto del esfuerzo común, los hombres delcampo y de la esclavitud y del oficio pobre, conscientes ya de sus derechos y del riesgo de exagerarlos, con todo lo que hay de útil y viril, de fundador y de piadoso, en el antiguo señorío cubano. Del alma cubana arranca, decisivo, el deseo puro de entrar en una vida justa, y de trabajo útil, sobre la tierra saneada con sus muertos, amparada por las sombras de sus héroes, regada con los caudales de su llanto. La esperanza de una vida cordial y decorosa anima hoy por igual a los prudentes del señorío de ayer, que ven peligro en el privilegio inmerecido de los hombres nulos,-y a los cubanos de humilde estirpe, que en la creación de sí propios se han descubierto una invencible nobleza. Nada espera el pueblo cubano de la revolución que la revolución no pueda darle. Si desde la sombra entrase en ligas, con los humildes o con los soberbios, sería criminal la revolución, e indigna de que muriésemos por ella. Franca y posible, la revolución tiene hoy la fuerza de todos los hombres previsores, del señorío útil y de la masa cultivada, de generales y abogados, de tabaqueros y guajiros, de médicos y comerciantes, de amos y de libertos. Triunfará con esa alma, y perecerá sin ella. Esa esperanza, justa y serena, es el alma de la revolución. Con equidad para todos los derechos, con piedad para todas las ofensas, con vigilancia contra todas las zapas, con fidelidad al alma rebelde y esperanzada que la inspira, la revolución no tiene enemigos, porque España no tiene más poder que el que le dan, con la duda que quieren llevar a los espíritus, con la adulación ofensiva e insolente a las preocupaciones que suponen o halagan en nuestros hombres de desinterés y grandeza, los que, so capa de amar la independencia de su país, aborrecen a cuantos la intentan, y procuran, para cuando no la puedan evitar, ponerse de cabeza, dañina y estéril, de los sacrificios que ni respetan ni comparten.
Para andar por un terreno, lo primero es conocerlo. Conocemos el terreno en que andamos. Nos sacarán a salvo por él la lealtad a la patria que en nosotros ha puesto su esperanza de libertad y de orden,-y la indulgencia vigilante, para los que han demostrado ser incapaces de dar a la rebelión de su patria energía y orden. Sea nuestro lema: libertad sin ira.
José J. Martí. OC, 03:139-141

El papel del estado en el Socialismo debe disminuir progresivamente.

Federico Engels escribió en Anti-Dühring: “El proletariado toma en sus manos el Poder del Estado y comienza por convertir los medios de producción en propiedad del Estado. Pero con este mismo acto se destruye a sí mismo como proletariado y destruye toda diferencia y todo antagonismo de clases, y, con ello mismo, el Estado como tal. La sociedad hasta el presente, movida entre los antagonismos de clase, ha necesitado del Estado, o sea de una organización de la correspondiente clase explotadora para mantener las condiciones exteriores de producción, y por tanto, particularmente para mantener por la fuerza a la clase explotada en las condiciones de opresión (la esclavitud, la servidumbre o el vasallaje y el trabajo asalariado), determinadas por el modo de producción existente. El Estado era el representante oficial de toda la sociedad, su síntesis en un cuerpo social visible; pero lo era sólo como Estado de la clase que en su época representaba a toda la sociedad: en la antigüedad era el Estado de los ciudadanos esclavistas; en la Edad Media el de la nobleza feudal; en nuestros tiempos es el de la burguesía. Cuando el Estado se convierta finalmente en representante efectivo de toda la sociedad, será por sí mismo superfluo. Cuando ya no exista ninguna clase social a la que haya que mantener en la opresión; cuando desaparezcan, junto con la dominación de clase, junto con la lucha por la existencia individual, engendrada por la actual anarquía de la producción, los choques y los excesos resultantes de esta lucha, no habrá ya nada que reprimir ni hará falta, por tanto, esa fuerza especial de represión, el Estado. El primer acto en que el Estado se manifiesta efectivamente como representante de toda la sociedad: la toma de posesión de los medios de producción en nombre de la sociedad, es a la par su último acto independiente como Estado. La intervención de la autoridad del Estado en las relaciones sociales se hará superflua en un campo tras otro de la vida social y se adormecerá por sí misma. El gobierno sobre las personas es sustituido por la administración de las cosas y por la dirección de los procesos de producción. El Estado no será “abolido”; se extingue.”
Si bien al triunfar una Revolución Socialista, el estado, al asumir el control de casi todos los medios de producción, inicialmente se hipertrofia, en la medida que los trabajadores asuman directamente el control de estos medios, mediante el cooperativismo y la autogestión obrera, comenzará de manera progresiva la disminución de la burocracia estatal y el papel del estado en las tareas administrativas en la producción y los servicios hasta producirse la “extinción” del estado.

¿Por qué el Socialismo?

¿Por qué el socialismo?
ALBERT EINSTEIN
¿Conviene que alguien que no es experto en cuestiones económicas y sociales exprese sus puntos de vista en materia de socialismo? Creo por numerosas razones que sí.
Consideremos primero la cuestión desde el punto de vista del conocimiento científico.
Podría parecer que no hay diferencias metodológicas fundamentales entre la astronomía y la economía: los científicos de ambos campos pretenden descubrir leyes aceptables en general sobre un grupo limitado de fenómenos para hacer una interconexión entre éstos que sea lo más claramente comprensible que se pueda. Pero en realidad estas diferencias metodológicas existen. El descubrimiento de leyes generales en el campo de la economía se ha hecho difícil por el hecho de que la observación de los fenómenos económicos es frecuentemente afectada por muchos factores que es complicado evaluar por separado.
Además, la experiencia acumulada, desde el principio de la llamada etapa civilizada de la historia humana, ha sido –como ya se sabe– muy influida y limitada por causas que no son exclusivamente de naturaleza económica. Por ejemplo, la mayor parte de los principales Estados de la historia deben su existencia a las conquistas. Los conquistadores se establecieron legal y económicamente como la clase privilegiada del país conquistado.
Monopolizaron para sí la propiedad de la tierra y designaron a los sacerdotes entre sus propias filas. Los sacerdotes, en el control de la educación, hicieron una institución permanente de la división de clases de la sociedad y crearon un sistema de valores mediante el cual las personas fueron guiadas de allí en adelante, en gran medida inconscientemente, en su comportamiento social.
Sin embargo la tradición histórica es, por decirlo de alguna manera, de ayer: en ningún lado tenemos la superación de lo que Thorstein Veblen llamó “la etapa depredadora” del desarrollo humano. Los hechos económicos observables pertenecen a esa etapa e incluso las leyes, tal como pueden derivarse de ellos, no son aplicables a otras etapas. Dado que el propósito real del socialismo es precisamente superar y avanzar más allá de la etapa depredadora del desarrollo económico, la ciencia económica en su presente estado puede arrojar poca luz sobre la sociedad socialista del futuro.
En segundo lugar, el socialismo se dirige a un fin ético social. La ciencia, sin embargo, no puede crear fines a menos que éstos sean introducidos por los seres humanos: la ciencia, a lo más, puede proporcionar los medios mediante los cuales se logran ciertos fines. Pero los propios fines son concebidos por personalidades con ideales elevados y si estos fines no nacen muertos sino vitales y vigorosos, son adoptados e impulsados por aquellos seres humanos que medio inconscientemente determinan la lenta evolución de la sociedad.
Por estas razones deberíamos permanecer en guardia y no sobrestimar la ciencia y los métodos científicos cuando la cuestión son los problemas humanos, y no deberíamos suponer que los expertos son los únicos que tienen derecho a expresarse sobre cuestiones que atañen a la organización de la sociedad. Innumerables voces han venido afirmando por algún tiempo ahora que la sociedad humana está pasando por una crisis y que su estabilidad está siendo seriamente quebrantada. Es característico de esta situación que los individuos sientan indiferencia e incluso hostilidad hacia el grupo al que pertenecen. Para ilustrar lo que quiero decir permítanme registrar aquí una experiencia personal. Discutí recientemente con un hombre inteligente y bien intencionado sobre la amenaza de otra guerra, la que en mi opinión pondría en peligro la existencia de la humanidad, y señalé que sólo una organización supranacional podría ofrecer una protección de este peligro.
Enseguida mi visitante me dijo muy calmada y fríamente: “¿por qué se opone usted tan profundamente a la desaparición de la raza humana?” Estoy seguro de que hace un siglo nadie hubiera tenido la frivolidad de hacer una afirmación de este tipo. Ésta es la afirmación de un hombre que se esfuerza en vano para lograr un equilibrio dentro de sí y que tiene más o menos esperanza de alcanzarlo. Ésta es la expresión de una dolorosa soledad y de un aislamiento que mucha gente está sufriendo en estos días. ¿Cuál es la razón? ¿Hay una salida? Es fácil plantearse estas preguntas, pero es difícil responderlas con algún grado de seguridad. Debo tratar de hacerlo, sin embargo, lo mejor que pueda, aunque soy muy consciente del hecho de que nuestros sentimientos y esfuerzos son frecuentemente contradictorios y oscuros y que no pueden expresarse con fórmulas fáciles y sencillas.
El hombre es al mismo tiempo un ser solitario y un ser social. Como ser solitario intenta proteger su propia existencia y la de aquellos cercanos a él para satisfacer sus deseos personales y desarrollar sus habilidades innatas. Como ser social busca ganar el reconocimiento y el afecto de sus compañeros humanos, compartir los placeres, confortarlos en sus penas y mejorar sus condiciones de vida. Únicamente la existencia de estos variados y frecuentemente conflictivos esfuerzos importantes y su combinación específica determinan el grado en que un individuo puede lograr un equilibrio interior y puede contribuir al bienestar de la sociedad. Es bastante posible que la fuerza relativa de estos dos impulsos esté en su mayor parte fijada por la herencia. Pero la personalidad que surge finalmente está en gran medida formada por el medio ambiente en el que el hombre suele encontrarse a sí mismo durante su desarrollo, por la estructura de la sociedad en la que crece, por la tradición de esa sociedad y por su apreciación de tipos particulares de comportamiento. El concepto abstracto de “sociedad” significa para el ser humano individual la suma total de sus relaciones directas e indirectas con sus contemporáneos y con toda la gente de las generaciones anteriores. El individuo es capaz de pensar, sentir, esforzarse y trabajar por sí mismo, pero depende a tal grado de la sociedad —en su existencia física, intelectual y emocional— que es imposible pensarlo y entenderlo fuera del marco de la sociedad. Es la sociedad la que proporciona al hombre alimento, hogar, herramientas de trabajo, lenguaje, formas de pensamiento y la mayor parte del contenido del pensamiento: su vida se ha hecho posible a través de la labor y de los logros de muchos millones presentes y pasados que están ocultos detrás de la pequeña palabra “sociedad”.
Es evidente, por lo tanto, que la dependencia del individuo de la sociedad es un hecho cuya naturaleza no podemos omitir, lo mismo que en el caso de las hormigas y las abejas. Sin embargo, mientras todo el proceso vital es fijado hasta el detalle más pequeño por instintos rígidos y hereditarios, el patrón social y las interrelaciones de los seres humanos son muy variables, susceptibles de cambios. La memoria, la capacidad de hacer combinaciones y el don de la comunicación oral hicieron posibles desarrollos entre los seres humanos que están dictados por necesidades biológicas. Estos desarrollos se hacen evidentes en las tradiciones, en las instituciones y en las organizaciones; en la literatura, en los logros científicos y tecnológicos; en las obras de arte. Esto explica cómo es que el hombre en cierto sentido puede influir en su vida y que en ello los procesos de pensamiento consciente o carente de él formen parte.
El hombre adquiere desde su nacimiento, a través de la herencia, una constitución biológica que debemos considerar fija e inalterable, que incluye los instintos naturales que son característicos de la especie humana. Además, durante su vida, el hombre adquiere una constitución cultural que toma de la sociedad mediante la comunicación y otros tipos de influencias. Es esta constitución cultural la que, con el paso del tiempo, es sujeta a cambios y la que determina en una gran medida la relación entre el individuo y la sociedad. La moderna antropología nos ha enseñado, mediante la investigación de las llamadas culturas primitivas, que el comportamiento social de los seres humanos puede diferir mucho, dependiendo de los patrones culturales que prevalezcan y de la organización predominante en la sociedad. Es en esto en lo que quienes luchan por mejorar a la mayoría de los hombres deben basar sus esperanzas: los seres humanos no están condenados por su constitución biológica a aniquilarse unos a otros o a estar a merced de un destino fatal autoinflingido.
Si nos preguntamos cómo la estructura de la sociedad y la actitud cultural del hombre puede cambiar para hacer la vida tan satisfactoria como sea posible, debemos ser constantemente conscientes del hecho de que hay ciertas condiciones que nos es imposible modificar. Como mencioné anteriormente, para todo propósito práctico, la naturaleza biológica del hombre no es objeto de modificaciones. Más aún, los desarrollos tecnológicos y demográficos de las últimas centurias han creado condiciones que están aquí para quedarse. En asentamientos poblacionales relativamente densos, dados los bienes que son necesarios para la continuación de su existencia, son absolutamente necesarios una división del trabajo extrema y un gran aparato productivo. Ese tiempo, que viendo hacia atrás parece edificio, en el que los individuos y las pequeñas comunidades podían ser completamente autosuficientes, se ha ido para siempre. Es sólo una ligera exageración decir que la humanidad constituye incluso ahora una comunidad planetaria de producción y consumo.
He llegado ahora al punto en el que podría señalar brevemente lo que para mí constituye la esencia de la crisis de nuestro tiempo. Éste es el concerniente a la relación del individuo con la sociedad. El individuo se ha vuelto más consciente que nunca de su dependencia de la sociedad. Sin embargo no ve esta dependencia como un valor positivo, como un vínculo orgánico, como una fuerza protectora sino como una amenaza a sus derechos humanos e incluso a su existencia económica. Sin embargo, su posición en la sociedad es tal que los impulsos egoístas de su temperamento se están acentuando constantemente, mientras que sus impulsos sociales, que son por naturaleza más débiles, se están deteriorando progresivamente. Todos los seres humanos, cualquiera que sea su posición en la sociedad, están sufriendo este proceso de deterioro. Prisioneros sin saberlo de su propio egoísmo, se sienten solos, inseguros y privados del nivel, sencillo y no sofisticado disfrute de la vida. El hombre puede encontrarle sentido a la vida, corta y peligrosa como es, dedicándose únicamente a la sociedad. La anarquía económica del capitalismo tal como existe hoy en día es en mi opinión la fuente real del mal.
Vemos antes que nosotros una enorme comunidad de productores cuyos miembros están incesantemente luchando por despojar a los otros de los frutos de su trabajo colectivo, no por la fuerza sino mediante la fiel obediencia a las reglas legalmente establecidas. A este respecto es importante darse cuenta de que los medios de producción –es decir, la capacidad productiva total que se necesita para producir bienes de producción además de los de capital– pueden ser legalmente, y la mayor parte lo son, propiedad privada de individuos. Para simplificar en el análisis que sigue llamaré “trabajadores” a todos aquellos que no comparten la propiedad de los medios de producción, aunque esto no corresponda al uso acostumbrado del término. El propietario de los medios de producción está en posición de comprar la capacidad de trabajo del trabajador. Al utilizar los medios de producción, el trabajador produce nuevos bienes que se vuelven propiedad del capitalista.
Lo esencial de este proceso es la relación entre lo que el trabajador produce y lo que le pagan, ambas cosas medidas en términos del valor real. Como el contrato laboral es “libre”, lo que el trabajador recibe está determinado no por el valor real de los bienes que produce, sino por sus necesidades mínimas y por los requerimientos de los capitalistas de capacidad de trabajo en relación con el número de trabajadores que compiten por los empleos. Es importante entender que incluso en la teoría, el pago del trabajador no está determinado por el valor de su producto. El capital privado tiende a concentrarse en pocas manos, en parte por la competencia entre los capitalistas y en parte porque el desarrollo tecnológico y el aumento de la división del trabajo impulsa la formación de grandes unidades de producción en detrimento de las más pequeñas. El resultado de estos desarrollos es una oligarquía del capital privado cuyo enorme poder no puede ser vigilado ni siquiera por una sociedad política democráticamente organizada. Esto es cierto pues los miembros de los cuerpos legislativos son elegidos por los partidos políticos, que son en gran medida financiados o de alguna manera influidos por los capitalistas privados quienes, para todo propósito práctico, separan al electorado de la legislatura. La consecuencia es que los representantes del pueblo no protegen de hecho lo suficiente los intereses de los sectores no privilegiados de la población. Además, bajo las condiciones existentes, los capitalistas privados controlan inevitablemente, directa o indirectamente, la mayoría de las fuentes de información (prensa, radio, educación). Es entonces extremadamente difícil, y ciertamente en muchos casos bastante imposible, para el ciudadano individual llegar a conclusiones objetivas y hacer un uso inteligente de sus derechos políticos.
La situación prevaleciente en una economía basada en la propiedad privada del capital está entonces caracterizada por principios esenciales: primero, los medios de producción (el capital) son propiedad privada y los dueños disponen de ellos como lo juzguen conveniente; segundo, el contrato de la capacidad de trabajo es libre. Naturalmente que no hay algo como una sociedad capitalista pura en este sentido. En particular habría que señalar que los trabajadores a través de largas y amargas luchas políticas han tenido éxito en asegurar una forma algo mejorada del “contrato libre de trabajo” para ciertas categorías de trabajadores. Pero si la vemos en su totalidad, la economía actual no difiere mucho del capitalismo “puro”. En la producción se lucha por los beneficios y no por la utilidad. No hay ninguna seguridad de que aquellos que pueden y están dispuestos a trabajar estén siempre en posición de encontrar empleo: casi siempre existe un “ejército de desempleados”. El trabajador siempre está temeroso de perder su trabajo. Como los desempleados y los trabajadores peor pagados no son un mercado que dé beneficios, la producción de los bienes de consumo es limitada y la consecuencia son los apuros que pasan. El progreso tecnológico frecuentemente da lugar a más desempleo y no alivia la carga de trabajo de todos. La fuerza motora del beneficio, en conjunción con la competencia entre capitalistas es responsable de una inestabilidad en la acumulación y la utilización del capital que conduce a depresiones cada vez más severas. La competencia ilimitada conduce a una enorme escasez de trabajo y a la deformación de la conciencia social de los individuos que mencioné anteriormente.
Considero que la deformación de los individuos es el peor mal del capitalismo, Todo nuestro sistema educativo sufre de este mal. Se inculca una actitud exageradamente competitiva en los estudiantes que son entrenados para venerar los logros adquisitivos como preparación para su futura trayectoria profesional. Estoy convencido de que sólo hay una forma de eliminar estos graves males, mediante el establecimiento de una economía socialista, acompañada de un sistema educativo que estaría orientado hacia metas sociales.
Y en ella una economía en la que los medios de producción sean propiedad de la sociedad misma y sean utilizados de una manera planificada. Una economía planificada que ajuste la producción a las necesidades de la comunidad, que distribuiría el trabajo entre todos los que sean capaces de trabajar y que garantizaría la sobrevivencia de cada hombre, mujer o niño. La educación del individuo, además de la promoción de sus propias habilidades innatas, trataría de desarrollar en él un sentido de la responsabilidad para con sus compañeros, en lugar de la glorificación del poder y el éxito en nuestra sociedad actual.
Sin embargo, es necesario recordar que una economía planificada no es todavía socialismo. Una economía planificada como tal podría ir acompañada de la completa esclavización del individuo. Lograr el socialismo requiere resolver problemas sociopolíticos extremadamente difíciles: ¿cómo se podría, si llegara a alcanzarse una centralización del poder político y económico, impedir que la burocracia se hiciera todopoderosa y arrogante?, ¿cómo pueden ser protegidos los derechos de los individuos y cómo asegurar con eso un contrapeso al poder de la burocracia?.

Texto aparecido originalmente en Monthly Review de mayo de 1949. Republicado por la misma revista en el vol. 50, núm. 1, mayo de 1998.
Tomado de: https://www.marxists.org/espanol/einstein/por_que.htm

Sin una educación comunista no es posible el desarrollo del Socialismo.

EscolaresEl objetivo fundamental del socialismo es la liberación de los seres humanos de la enajenación que produce la explotación asalariada del capitalismo, pero no bastaría con el triunfo de esa conquista para que la sociedad alcance su plena liberación. Al cambiar las relaciones burguesas de producción y establecerse las relaciones socialistas, donde todos los trabajadores son libres y trabajan asociados o no, sin estar sometidos al trabajo asalariado, se crean las condiciones materiales para el desarrollo pleno de la personalidad humana donde se manifiesten en la generalidad de los ciudadanos las virtudes inherentes a una sociedad sin explotadores ni explotados: el patriotismo, el humanismo, la solidaridad, la laboriosidad, la honestidad, el amor a los demás, el internacionalismo, el colectivismo, el respeto al derecho ajeno y a la propiedad colectiva y social, el cuidado de la naturaleza, el respeto a los padres, a la familia y a las personas mayores, etc.
Para alcanzar estos objetivos la sociedad debe dedicar gran parte de sus recursos a la educación de las nuevas generaciones y a modificar mediante el ejemplo de todos los revolucionarios la conducta, las convicciones y la conciencia de toda la población. Estas conquistas se alcanzarán en la misma medida que la población se reconozca como el sujeto de la construcción de la nueva sociedad. Esta será la principal conquista del socialismo y permitirá que tanto el Socialismo como el Comunismo dejen de ser utopías para convertirse en la realidad, llegando a materializarse el pensamiento de nuestro Apóstol Jose J. Martí y Pérez: “Todos los árboles de la tierra se concentrarán al cabo en uno, que dará en lo eterno suavísimo aroma: el árbol del amor:-¡de tan robustas y copiosas ramas, que a su sombra se cobijarán sonrientes y en paz todos los hombres!; ¡Ya se oyen los sonidos de las liras, con que celebrarán las cercanías del cielo los habitantes de esa formidable Arcadia!”
José J. Martí, OC, Vol. 05:103

El Socialismo es la eliminación de la explotación del hombre por el hombre.

Carlos Marx y sus principales colaboradores.

Fundadores del Marxismo.

Friedrich_Engels

Durante su largo desarrollo la humanidad ha evolucionado desde la edad de piedra pasando por la sociedad esclavista y la sociedad feudal hasta llegar al capitalismo desarrollado, .
La sociedad esclavista significó un gran desarrollo con relación a la barbarie donde los prisioneros de las continuas guerras eran asesinados, en ella se convertían en esclavos que trabajaban para sus dueños. Los esclavistas los hacían trabajar, podían someterlos a castigos, vejámenes y venderlos, pero los alimentaban y vestían.
En la sociedad feudal los señores feudales tenían muchas prerrogativas sobre los vasallos, los ciervos y los ciervos de la gleba, estos estaban obligados a cultivar las tierras del señor feudal y entregar parte de la cosecha obtenida en las tierras que el señor feudal les asignaba para cultivo independiente. Tenían sus casas y sus familias. Con relación al esclavismo significó un avance importante en la organización social de la sociedad, en la productividad del trabajo y en las condiciones de vida de las clases oprimidas.
Entre fines del siglo XVII y mediados del XIX la Revolución Inglesa, la independencia de las 13 colonias inglesas en Norteamérica y la Revolución Francesa, liquidaron el sistema feudal e iniciaron la Revolución Burguesa. En el nuevo modo de producción no existían esclavos ni ciervos, -aunque en muchos países, y sobre todo en sus colonias, se mantuvo el trabajo esclavo hasta fines del siglo XIX, desde entonces los trabajadores venden su fuerza de trabajo a los burgueses dueños de los medios de producción.
El Capitalismo desarrolló la Revolución Industrial aumentando considerablemente la productividad del trabajo, la Revolución Científico-Técnica, logrando grandes avances en la educación, la salud, las condiciones de vida, las comunicaciones, el transporte, la agricultura, etc.
Carlos Marx y sus colaboradores a mediados del siglo XIX identificaron las condiciones de explotación del proletariado en la sociedad capitalista demostrando que la burguesía se apoderaba de una parte del trabajo de los obreros, la plusvalía, y desarrollaron la teoría marxista como arma de lucha del proletariado para liberarse de la explotación capitalista mediante el trabajo asalariado.
En una de sus obras iniciales “El Manifiesto Comunista” se describen las condiciones de la explotación del hombre por el hombre en la sociedad burguesa y establecen como tarea fundamental del proletariado la socialización de los medios de producción para liberar a los trabajadores de la explotación asalariada y eliminar las diferencias de clase propias de la sociedad capitalista.
Para Ernesto (Che) Guevara, el Socialismo era la abolición de la explotación del hombre por el hombre: “No hay otra definición del socialismo, válida para nosotros, que la abolición de la explotación del hombre por el hombre. Mientras esto no se produzca, se está en el período de construcción de la sociedad socialista y, si en vez de producirse este fenómeno, la tarea de la supresión de la explotación se estanca o, aún, retrocede en ella, no es válido hablar siquiera de la construcción del socialismo.”
Ernesto (Che) Guevara, Argel, 24 de Febrero de 1965
Discurso en el Segundo Seminario Económico de Solidaridad Afroasiática.
En la foto superior August Bebel, Wilhelm Liebknecht, arriba, Carlos Marx, al centro, y Carl Wilhelm Tölcke y Ferdinand Lassalle, abajo.
En la foto inferior Friedrich Engels.

Sin la más amplia participación democrática de todo el pueblo es imposible el desarrollo del socialismo.

Democracia participativapng“la tarea histórica del proletariado cuando toma el poder es la de sustituir la democracia burguesa por la democracia socialista, y no la de suprimir toda democracia”.
“… dirigen sólo una docena de cabezas pensantes, y de vez en cuando se invita a una élite de la clase obrera a reuniones donde deben aplaudir los discursos de los dirigentes, y aprobar por unanimidad las mociones propuestas. En el fondo, entonces, una camarilla. Una dictadura, por cierto: no la dictadura del proletariado sino la de un grupo de políticos, es decir, una dictadura en el sentido burgués, en el sentido del gobierno de los jacobinos,
Rosa Luxemburgo

La experiencia histórica ha demostrado fehacientemente que sin la participación consciente de toda la sociedad no es posible desarrollar el socialismo. Hasta el presente, todos los intentos por construir una sociedad sin clases sociales antagónicas, sin la explotación del hombre por el hombre, donde todos los ciudadanos tengan la posibilidad real de solucionar sus necesidades materiales y espirituales mediante sus esfuerzos personales gracias a las condiciones creadas por la sociedad en su conjunto, han fracasado.
Una de las causas fundamentales del fracaso de todos los intentos de construir una sociedad socialista ha sido la falta de participación del pueblo trabajador en la dirección de esos procesos. En todos ellos se despojó de la propiedad de los medios de producción a la burguesía y se pasaron al control del estado, el estado fue controlado por el partido, todo el poder recayó en unas pocas manos, los miembros del Comité Central, pero este era dirigido por unos pocos miembros del Buró Político, y este a su vez, en casi todos los casos fue controlado por el Secretario General del Partido, que además ocupaba los cargos de Presidente del Gobierno, Primer Ministro y Jefe de las Fuerzas Armadas. La clásica división en tres poderes de las repúblicas burguesas fue sustituida por un poder monolítico que los controlaba a los tres. Las reales o supuestas amenazas externas fueron las justificaciones utilizadas para tal centralización del poder en tan pocas manos. La supuesta dictadura del proletariado se convirtió en la dictadura de una nueva clase, la burocracia, que garantizó su conservación y reproducción mediante las Constituciones y las leyes electorales que regulaban la “elección” de todos los cargos electivos del país, desde el Presidente hasta los concejales o delegados de los municipios. De esa manera, los trabajadores y el pueblo en general, no tenía posibilidad alguna de elegir a quienes representaran sus intereses y defendieran sus derechos.
La falta de participación popular en la vida de esas naciones facilitó la corrupción administrativa, el nepotismo, los privilegios, el soborno, las arbitrariedades, el despotismo, la represión -que alcanzó en algunos casos el exterminio de miles de personas inocentes-, etc.
En todos los países que se proclamaron socialistas el estado asumió como dueño los medios de producción y mantuvo a la clase obrera en la misma condición que en el capitalismo como obreros asalariados, pero sin derechos a reclamos salariales, huelgas o cualquiera acción en defensa de sus derechos laborales. En realidad en todos aquellos países lo que se desarrolló fue un Capitalismo Monopolista de Estado, con visos de feudalismo y de fascismo en algunos de ellos. Por todas esas, y otras muchas razones, a fines de los 80 y principios de los 90 del siglo pasado, los mal llamados países socialistas del este europeo retornaron al capitalismo con la aceptación ampliamente mayoritaria de sus pueblos, porque ellos no eran los protagonistas de aquellas sociedades.
Sin la más amplia participación democrática de los trabajadores y de toda la sociedad en la toma de decisiones, en la planificación, control y distribución de los recursos y sobre todo en la elección de todos los cargos de gobierno y de la administración de las empresas socialistas, cooperativas y autogestionadas, es imposible el triunfo del socialismo a escala mundial.

El cooperativismo y la autogestión obrera son las formas de producción propias del Socialismo

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Cada formación social se caracteriza por sus relaciones de producción y un determinado grado de desarrollo histórico de las fuerzas productivas materiales. Han existido relaciones de producción primitivas, esclavistas, feudales, y capitalistas, correspondientes a la sociedad primitiva, la sociedad esclavista, la sociedad feudal y la sociedad capitalista. A cada una de ellas corresponden diferentes formas de división social del trabajo y de propiedad de los medios de producción.
Para Carlos Marx las clases sociales están determinadas por las relaciones de producción, por la forma en que los hombres producen mercancías. En el seno de las relaciones de producción, el papel que ocupa cada individuo está determinado por la división del trabajo, es decir, aquellos que desarrollan una misma actividad -y por tanto están sometidos a idénticas condiciones- conforman una clase social según el lugar que ocupan en el proceso de producción de la riqueza. Unos la producen y otros se apropian de una porción de la misma. De esa relación no cabe esperar sino el antagonismo y la hostilidad entre explotados y explotadores.
A lo largo de la historia siempre ha habido clases enfrentadas. En las sociedades esclavistas fueron antagónicos los propietarios libres y los esclavos; en el seno de la sociedad feudal estamental el enfrentamiento se estableció entre nobles y eclesiásticos por un lado y siervos por el otro. En el seno de la sociedad capitalista ocurre igual: la lucha de clases es protagonizada por la burguesía, propietaria de los medios de producción y por el proletariado que, al disponer únicamente de su fuerza de trabajo, se ve obligado a venderla a cambio de un salario que escasamente sirve para satisfacer la supervivencia.
En el socialismo, al socializarse los medios de producción, deben desaparecer las clases sociales porque los medios fundamentales de producción pertenecen a toda la sociedad, donde todos sus miembros son a la vez dueños colectivos y productores. Tanto la propiedad como la producción son sociales, no existe, como en el capitalismo, la propiedad privada de los medios de producción y la explotación del trabajo asalariado.
En el socialismo se desarrollan las formas autogestionarias de producción, principalmente el cooperativismo y la autogestión obrera, En el socialismo son los propios obreros, campesinos, técnicos y profesionales los que planifican, administran y controlan la producción, asociados en cooperativas o mediante la autogestión de fábricas y empresas de servicios.
Las cooperativas de primer grado se asocian local y regionalmente con las del municipio y de la provincia de manera mutuamente beneficiosa para la producción combinada, la comercialización de sus producciones, la importación y el mejor aprovechamiento de materias primas y la exportación de partes, componentes y productos terminados.
La producción social es superior a la producción de tipo capitalista porque cada obrero, técnico o profesional de una cooperativa o de una fábrica o empresa autogestionada se reconoce como dueño responsable que vela por la productividad del trabajo, el ahorro de materias primas y de recursos energéticos. En las cooperativas y empresas autogestionadas por sus trabajadores existe una plena democracia donde la máxima autoridad es la Asamblea General de Trabajadores, la que elige a los responsables de la dirección, la que aprueba los planes de producción, los mantenimientos y ampliaciones, la cuantía de los pagos parciales a cada uno de sus miembros y la periodicidad de la distribución de las ganancias. Es la Asamblea de cooperativistas o de obreros de las empresas autogestionadas la que aprueba las normas disciplinarias y resuelve los problemas que se presenten.
Las cooperativas y las empresas autogestionadas tienen responsabilidades sociales en la comunidad, el municipio y la nación a las que entregan el porciento de sus ganancias que fijan las leyes y contribuyen al mantenimiento del medio ambiente natural, las aguas, la higiene y el embellecimiento de su entorno como parte integrante de su comunidad.
La producción de las cooperativas y empresas autogestionadas están dirigidas a satisfacer las crecientes necesidades locales, regionales y nacionales, para ello no las mueve el afán de lucro sino la satisfacción de cumplir con su deber social como parte integrante de la sociedad socialista.