José Martí y los partidos políticos.

A su pueblo se ha de ajustar todo partido público, y no es la política más, o no ha de ser, que el arte de guiar, con sacrificio propio, los factores diversos u opuestos de un país de modo que, sin indebido favor a la impaciencia de los unos ni negación culpable de la necesidad del orden en las sociedades -sólo seguro con la abundancia del derecho- vivan sin choque, y en libertad de aspirar o de resistir, en la paz continua del derecho reconocido, los elementos varios que en la patria tienen titulo igual a la representación y la felicidad. Un pueblo no es la voluntad de un hombre solo, por pura que ella sea, ni el empeño pueril de realizar en una agrupación humana el ideal candoroso de un espíritu celeste, ciego graduado de la universidad bamboleante de las nubes. De odio y de amor, y de más odio que amor, están hechos los pueblos; sólo que el amor, como sol que es, todo lo abrasa y funde; y lo que por siglos enteros van la codicia y el privilegio acumulando, de una sacudida lo echa abajo, con su séquito natural de almas oprimidas, la indignación de un alma piadosa. Con esas dos fuerzas: el amor expansivo y el odio represor -cuyas formas públicas son el interés y el privilegio- se van edificando las nacionalidades. La piedad hacia los infortunados, hacía los ignorantes y desposeídos, no puede ir tan lejos que encabece o fomente sus errores. El reconocimiento de las fuerzas sordas y malignas de la sociedad, que con el nombre de orden encubren la rabia de ver erguirse a los que ayer tuvieron a sus pies, no puede ir hasta juntar manos con la soberbia impotente, para provocar la ira segura de la libertad poderosa. Un pueblo es composición de muchas voluntades, viles o puras, francas o torvas, impedidas por la timidez o precipitadas por la ignorancia.
Hay que deponer mucho, que atar mucho, que sacrificar mucho, que apearse de la fantasía, que echar pie a tierra con la patria revuelta, alzando por el cuello a los pecadores, vista el pecado paño o rusia: hay que sacar de lo profundo las virtudes, sin caer en el error de desconocerlas porque vengan en ropaje humilde, ni de negarlas porque se acompañen de la riqueza y la cultura. El peligro de nuestra sociedad estaría en conceder demasiado al empedernido espíritu colonial, que quedará hoceando en las raíces mismas de la república, como si el gobierno de la patria fuese propiedad natural de los que menos sacrifican por servirla, y más cerca están de ofrecerla al extranjero, de comprometer con la entrega de Cuba a un interés hostil y desdeñoso, la independencia de las naciones americanas:-y otro peligro social pudiera haber en Cuba: adular, cobarde, los rencores y confusiones que en las almas heridas o menesterosas deja la colonia arrogante tras sí, y levantar un poder infame sobre el odio o desprecio de la sociedad democrática naciente a los que: en uso de su sagrada libertad, la desamen o se le opongan. A quien merme un derecho, córtesele la mano, bien sea el soberbio quien se lo merme al inculto, bien sea el inculto quien se lo merme al soberbio. Pero esa labor será en Cuba menos peligrosa, por la fusión de los factores adversos del país en la guerra saneadora; por la dignidad que en las amistades de la muerte adquirió el liberto ante su señor de ayer; por la peculiar levadura social que, aparte de la obra natural del país, llevarán a la república las masas de campesinos y esclavos emigrados, que, a mano con doctores y ricos de otros días y próceres de la revolución, han vivido, tras veinticinco años de trabajar y de leer, y de hablar y oír hablar, como en ejercicio continuo y consciente de la capacidad del hombre en la república. Y mientras una porción reacia e ineficaz, la porción menos eficaz, del señorío cubano antiguo, se acorrala injusta y repulsiva, contra este pueblo nuevo de cultura y virtud, de mentes libres y manos creadoras, otra porción del señorío cubano, mucho más poderosa que aquella, ha vivido dentro de la masa revuelta, ha conocido y guiado su capacidad, ha trabajado mano a mano con ella, se ha hecho amar de la masa, y es amado, ¡y hoy rodaría por tierra, mente a mente, mucho menguado leguleyo que le negase la palabra superior a mucho hijo de esta alma-madre del trabajo y la naturaleza! En Cuba no hay duelo entre un señorío desdentado y napolitano y el país, de suyo tan moderado como desigual, en que, con la pura esperanza de la libertad suficiente, se reúnen por el respeto del esfuerzo común, los hombres delcampo y de la esclavitud y del oficio pobre, conscientes ya de sus derechos y del riesgo de exagerarlos, con todo lo que hay de útil y viril, de fundador y de piadoso, en el antiguo señorío cubano. Del alma cubana arranca, decisivo, el deseo puro de entrar en una vida justa, y de trabajo útil, sobre la tierra saneada con sus muertos, amparada por las sombras de sus héroes, regada con los caudales de su llanto. La esperanza de una vida cordial y decorosa anima hoy por igual a los prudentes del señorío de ayer, que ven peligro en el privilegio inmerecido de los hombres nulos,-y a los cubanos de humilde estirpe, que en la creación de sí propios se han descubierto una invencible nobleza. Nada espera el pueblo cubano de la revolución que la revolución no pueda darle. Si desde la sombra entrase en ligas, con los humildes o con los soberbios, sería criminal la revolución, e indigna de que muriésemos por ella. Franca y posible, la revolución tiene hoy la fuerza de todos los hombres previsores, del señorío útil y de la masa cultivada, de generales y abogados, de tabaqueros y guajiros, de médicos y comerciantes, de amos y de libertos. Triunfará con esa alma, y perecerá sin ella. Esa esperanza, justa y serena, es el alma de la revolución. Con equidad para todos los derechos, con piedad para todas las ofensas, con vigilancia contra todas las zapas, con fidelidad al alma rebelde y esperanzada que la inspira, la revolución no tiene enemigos, porque España no tiene más poder que el que le dan, con la duda que quieren llevar a los espíritus, con la adulación ofensiva e insolente a las preocupaciones que suponen o halagan en nuestros hombres de desinterés y grandeza, los que, so capa de amar la independencia de su país, aborrecen a cuantos la intentan, y procuran, para cuando no la puedan evitar, ponerse de cabeza, dañina y estéril, de los sacrificios que ni respetan ni comparten.
Para andar por un terreno, lo primero es conocerlo. Conocemos el terreno en que andamos. Nos sacarán a salvo por él la lealtad a la patria que en nosotros ha puesto su esperanza de libertad y de orden,-y la indulgencia vigilante, para los que han demostrado ser incapaces de dar a la rebelión de su patria energía y orden. Sea nuestro lema: libertad sin ira.
José J. Martí. OC, 03:139-141

2 Responses

  1. istvan dice:

    Los partidos políticos deben desaparecer en el socialismo.

    • Andrés Dovale Borjas dice:

      Istvan, por primera vez estoy de acuerdo contigo. Cuando se alcance el Socialismo se extinguirá el estado, desaparecerán las clases sociales, no habrá lucha de clases y desaparecerán los partidos políticos, de hecho ya en nuestro país más del 90 % del pueblo no pertenece a partido político alguno. Cuando todos los medios de producción estén socializados, es decir sean administrados directamente por los trabajadores y campesinos mediante las formas autogestionarias -cooperativas y autogestión obrera- el poder económico y político estará directamente en manos de los productores libres asociados, como lo pronosticó Carlos Marx.

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